domingo, 12 de marzo de 2017

PROPIO


PROPIO
Camino llevando soledad.
Sentada en el sofá siento la soledad.
Recuerdo el horizonte de mi niñez,
siento soledad.
De soledad he vivido
En soledad existo
En soledad amo.
Amo en el silencio de mi soledad.
Música, mar, cielo y poesía.

.                                         


Letras, componen mi sinfonía.
La vida, inspira el existir.
El amor y la sonrisa.
El te quiero presente,
de la semilla germinada.
Vivo en soledad.
Nací en soledad.
En el misterio, habito.

2016


viernes, 16 de diciembre de 2016

"CUANDO"

Cuando la nostalgia cubre tu lecho,
Cuando la melancolia se apodera de tu rostro,
Cuando la angustia cubre tu ser,
Cuando la impotencia es tu verdad,
Cuando la desconfianza es tu ley,
Cuando el amor es tu necesidad,
Cuando él hambre puede visitarte,
Cuando los días pasan y no sale el sol,
Cuando un minuto puede ser tu esperanza,
Y con un cerrar de ojos regresa la oscuridad,
Cuando sientes encarnado un camino arduo y sinuoso,
¿Puedes pensar en otro cuando...?

1976
Hoy sé que existe el revivir. Hoy sé que renacen infinitos "cuando".
G. B


2016

domingo, 29 de mayo de 2016

ENTRAÑAS.


Nací y me vestí de soledad.
Crecí y me vestí de soledad.
Busque rumbos,
Encontré abrazos,
Diálogos,
Oídos,
Contención.
Seguí el camino,
Y me vestí de soledad.
Vino la tardecita,
Me vistió de soledad.
Tan eterna como el horizonte mismo.




jueves, 31 de marzo de 2016

BASTA UN INSTANTE

La serena calma del amor se diluye.
Las voces no se encuentran.
Giran; hacen temblar el corazón.
Afloran los sueños.
Sueños que habilitaron superar naufragios.
Mar: siempre mágico y poderoso.


Llevas en sus olas, lejos, bien lejos, la pena del desencuentro.
La pena de la imperfección,
el todo, que no existe.

martes, 5 de enero de 2016

MARCAS A FUEGO

El río creció con lágrimas.



Una y otra vez.

El grito,
la desvalorización,
el golpe,
la bofetada.

Una y otra vez.

El río llevó las penas
que el campo no pudo acallar.



Las sierras dieron horizonte
a la ilusión de libertad.

El infierno de cada día,
una y otra vez,
lo conocían las estrellas
en las noches desveladas
con fundas mojadas
una y otra vez.

Preguntas sin respuestas.
Una y otra vez.

El grito.
Al despertar,
el grito.
Una y otra vez.

El hartazgo.

Ni la libertad fue suficiente.
Una y otra vez,
a fuego marcó alma y cuerpo.

Dolor e impotencia,
marcas eternas
ante la fuerza despiadada
del desamor al amor.
Fotografía vía Marzanna Syncerz
(Thinks!)

martes, 3 de noviembre de 2015

CUENTO



“CAMBRITA"
       

  El campo se extiende como pradera. Lo dibujan alambrados, sombras de álamos, eucaliptus, arroyos, caminitos y serranías.
 En el horizonte la magia mística se apodera de la 4ta Sección de Lavalleja.

“De vez en cuando”, como diría el paisano, se cuaja el alma solidaria por las ovejas presas inevitables de las aves de rapiña. Cuervo depredador, letal y despiadado que tiñe de sangre la pureza emblemática del cordero tierno, que despega lágrimas e impotencia por la pérdida del animal, sustento de la familia. Hombre de campo que sabe de látigo, escarcha y lluvia; sol y sequía; vientos y frío.                      
Uno de esos ambulantes anónimos sabe de la vida; aunque su apariencia demuestre lo contrario.
Él  era un hombre solo en la inmensidad, despojado. Seguía el tiempo natural de las cosas, aprehendiendo de lo que la madre natura le brindara.                                               
Allí estaba en un pedacito de tierra; entre abandono, penuria, pobreza y sabiduría natural.                              
Para campear la soledad, escapar livianamente al desapego social arraigado en su espíritu, Cambrita, tal su nombre, se instaló exactamente frente a la escuela rural de la zona, y a escasos metros del         camino principal                                                                                                                                       

Un camino de “aquellos tiempos” de farol a queroseno, molinos de viento, agua de cachimba,             caballos como medio de transporte, y en todo caso muy  privilegiadamente un sulqui; monturas con adornos de oro y plata (herencias afortunadas mediante), y “espantapájaros”, en una suerte de títeres entre girasoles y maizales para conservar la cosecha. Tiempos en que se confiaba hasta en la              puntualidad del único ómnibus de pasajeros, el del “Gordo Zabaleta”, y alguna Ford “T”joyitas de cuatro ruedas.                                                                                                                                   
Cambrita confiaba en que el tiempo no se detenía.                                                                              
Él sabía que durante el día lo abrigaba el sol, y la noche lo vestía de estrellas. Momento sublime si había para este huidizo mortal, en su reencuentro con el acolchado de estrellas.
Todos los caminos llevaban a él. Sólo un alambrado se imponía como freno para respetar su privacidad. Una intimidad expuesta al amanecer.

Una niña que cursaba sus primeros años de escuela, sin saber bien cómo, conquistó su atención y corazón. La pequeña que supo quererlo entrañablemente, lo hizo su amigo. Y gracias a ese lazo, Cambrita pudo trascender. Él conocía mejor que nadie (“naide”, exclamaba con su voz áspera) que si bien el tiempo parecía detenido, la vida llega a su fin; él también iba a morir.
Hablaba poco, muy poco. Su cuerpo delgado, arrugado y de baja estatura resaltaban sus penas acumuladas que encorvaron su espalda. Tampoco lo ayudaba su único asiento; un esqueleto de cabeza de novillo. 
Más curiosidad y hasta ternura para aquella niña que, día tras día visitarlo se convirtió en un precioso momento. Apreciaba en su mirada, a pesar de sus ojos enterrados en aquella cara curtida por el sol y la vida a campo travieso. Él la recibía con entusiasmo. 
Para el resto, él era “el viejo loco”, “el cuco”.                                                                  
De aquél “viejo de la bolsa”, como así también se le denominaba, la pequeña descubrió un “manual de sabiduría, y signos”.
Cambrita era un estepario entre pastos, ramas, pelegos, mate, una pava, una olla de hierro que no ocultaba sus años, brazas, cielo abierto y un despojo desde sus entrañas.                                          
Los vecinos pasaban incólumes frente a "su nido"; -“ese bichicome!, se oía comentar.

Con ojos fijos y ternura azabache, siempre estaba allí, en su fiel e incambiado riconcito de tierra: un alambrado, una choza de cuero, estacas, ramas, una yegua pasteando a su lado, y su fuego a la luz de la intemperie. Un cuero de oveja era todo su lecho para dormir, facón incluido por detrás de su cintura. Facón que no supo nunca de heridas de muerte; utensilio que le servía para desmenuzar la carne asada contra el hueso. Su comida apetecible y excluyente.                                                        
No conocía el hambre. El campo estaba a su disposición otorgándole sus requerimientos alimenticios. También el aire puro, agua fresca y límpida de arroyos o cachimbas; y placer. Placer de ser hombre de “tierra adentro” y libre.                                                                                                                         
La franqueza lo mostraba cristalino, sus rasgos y adustos gestos invalidaban su dulzura. La prepotencia ajena lo endurecía y convertía su desconfianza en el otro, una constante de su diario vivir. Se le conocía como un ermitaño típico. Muy pocos transeúntes o vecinos se le acercaban. Por el contrario, lo evitaban. –“Ese loco”- decían. Se le veía caminando todo el tiempo con agigantados pasos, acentuados por sus largos tamangos que sabían dónde apretaban mejor; sobre todo, dónde pisaban mejor, sin lastimar sus cansados y viejos pies.                                                                            
Traspasar el alambrado para toparse con aquél tolderío de cuero ovino junto con ramas secas y cañas; desplegar otro cuero en función de abertura de la choza; encontrar la presencia de ese hombre vagabundo, entregado a la voluntad de la naturaleza, no era común y menos fácil para cualquier persona acostumbrada a bienestar, comodidades y vida social. Intentar acercarse o embarcarse a penetrar al mundo de aquél anciano encorvado por los años guiado por el viento, la escarcha y sin otra finalidad que la contemplación y el subsistir, significaba una verdadera aventura. Correr perseguido por el humo de una antorcha improvisada y prendida a partir de las brasas que lucían fieles a su estilo de vida, era un riesgo como ser hostigado por su rebenque o hasta algún latigazo con presagios y órdenes de voz ronca y firme: - “ande va?; saaaalgaaaa diacaaa”!                                       
Cambrita nunca pudo comprender a los otros. A los diferentes a él. Se imponía con su soledad y marcaba su propio respeto; él tenía sus propias normas. 
Sólo conocía su pedazo de tierra, institucionalizado, por generosidad ajena, frente a la escuela rural, entre dos caminos: en un potrero divisorio en la inmensidad de la campaña. Los escolares lo veían, pero la costumbre lo fue haciendo inadvertido. Con una excepción: una pequeña de cinco años que, desde más pequeña aún lo observaba con curiosidad y piedad.                                                                                      
Muchas preguntas a pesar de su corta edad pasaban por su cabecita. Ansiaba dar respuestas a algunas de sus interrogantes que se incrementaban día tras día, sin despojarse de la ternura que aquél viejito le inspiraba.
Un día de sol en horas del recreo, la niña vestida con su túnica blanca inmaculada, almidonada a fuerza de plancha de carbón a manos de su madre, y su perfecta armada moña azul, traspasó el temible alambrado. Un grito ronco le recordó que con desconocidos no se debía conversar…eran       tiempos de Caperucita Roja.                                                                                                                     
Ella lo tuvo frente suyo. Él sólo conocía el lenguaje para acercar una vaca a su ordeñe, el rodeo de las ovejas y con el que llamaba a su yegua.
En el despojo, su paz se mostraba arraigada y profunda. La sorpresa y la pizca de temor de la niña, pronto se disipó, tras ser recibida: “ paaaseee mijita… paaaaseee; no tenga mieee  doooo”.
La pequeña lo observó detenidamente. Sintió estar frente a un ser de corazón grande. Cambrita la invitó a su único asiento. Ella aceptó. Se miraron. Él respiraba profundamente, mientras acomodaba su facón, que por su tamaño tocaba el suelo.
La pregunta no podría ser otra: ¿Por qué vives aquí? Tampoco resultaba otra la respuesta: -“Porque aquí estoy bien".
Emocionada y perpleja  comenzaba a tener conciencia de su acto. Finalmente estaba allí.
Ella conocía de abrigo, de frescas verduras, exquisitos frutos naturales. Con tan sólo un salto, un guayabo, naranja o ciruelo. Ella sabía de flores, jardines y juegos en los frondosos jardines y predios que rodeaban su casa de campo.
Abundantes y perfumadas azucenas hacían de perfecta alfombra y recibidor, admirado por quién llegase a visitarles. La generosidad de la naturaleza sintonizaba con la filosofía de sus padres: ser buenos, generosos y honestos.
La ternura y abrazos constituían el fluir de los días tras las tareas campestres de su padre que, cerca del atardecer invitaba a su hija a conversar próximos  al fuego en invierno y bajo las estrellas en verano.
Una cosa en común existía entre Cambrita y su progenitor. Ambos amaban la vida de campo. –“Mira el cielo”; le pidió Cambrita a la pequeña. “-Ese azul nos trae luego la noche y las estrellas. Yo hablo con ellas siempre”-
Tras su confesión se incorporó para mostrarle su choza, el abrigo improvisado.  Hombre de pocas palabras, mirada profunda y lejana a la vez, voz queda y quebrada; jorobado, arrugado; gesticulaba sus manos grandes, gruesas, duras, con uñas largas que hacían de peine entre su blanca cabellera. Los arroyos y lagunas eran su fuente de frescura e higiene: -“¿Pá que más; agua bendita y pura?”, afirmaba convencido.
Su vocación era la libertad. Así lo determinó para su vida entera. Sin rencor ni remordimiento; menos, mezquindad. Aún harapiento, conocedor de la miseria, se vestía de dignidad y elegía su propio destino sabiendo que entrado en años ya, poco y nada podía colaborar en las tareas de campo con quiénes le protegían.
Ese viejito osco había comprendido perfectamente que el mundo que le rodeaba, con metas, aspiraciones, límites, no le pertenecía. Nadie lograría modificar su decisión. Era lo que él quería: -Vivir así”- Todo intento, incluso lo de su amiga niña, fue en vano.
Las visitas continuaron. Realmente llegó a quererlo desde la simplicidad más absoluta. Él era un hombre de bien, como se escuchaba en esa época de los años cincuenta, definiendo el valor de la palabra.
Las charlas se sucedían. El placer de conversar con “aquel viejito vagabundo y abandónico” era para ella uno de sus mayores placeres a la hora del recreo escolar. La embriagaba un sentimiento de autenticidad y humildad entrañable desde el más absoluto despojo material. También la curiosidad. 
A su temprana edad logró comprender las bondades de vivir en la campaña, que puede hacer de un libertario, un alma generosa desprovista de maldad y mezquindad.
Cambrita existía, era una verdad. Su única compañía era su yegua, bautizada “Cola Blanca”, definido por las características infrecuentes de su cola.
Esta fiel compañera suya se convirtió en tema de conversación cotidiana.
El transcurrir hizo que el animal, mansa como ninguna, fuera destinada a la pequeña, cuya felicidad exultaba al dar la noticia a sus padres.  Estaba decidido. “La Cola Blanca” la llevaría a la escuela, cada mañana por más de tres kilómetros para asistir a sus estudios.
Un acto de generosidad de magnitud, emocionó a la pequeña, quién ya no pudo despojar de su corazón aquel anciano que se había desprendido de lo que más amaba. 
Cuando la “Cola Blanca” se convirtió en la más amada y fiel amiga de Gracia, transportándola a su escuela todos los días en cada gélida mañana de invierno o viento durante la primavera, Cambrita supo que su misión estaba cumplida. Había trascendido. Y ésta sería para ella una experiencia inolvidable.
Gracia y “La Cola Blanca” fueron inseparables; compartida únicamente con su herano, quien noble y protector se la ensillaba temprano al despertar, asegurándose a la perfección de haber ubicado en forma perfecta la montura. Ello le daba el derecho a andar en ella, compartiendo el sentimiento de su pequeña hermana.
Yegua lenta y lerda. Mansa, fiel, cariñosa, amiga. De pelaje negro, montada a diario, siempre dispuesta a complacer y acompañar a su amo.
Cambrita estaba allí; era su continuidad. De la nada aparente a la fertilidad del ser. La “Cola Blanca” manifestaba su actitud; se dejaba tranquila ensillar, jugueteando con el hocico, buscando caricias, mirando fijo, como acostumbraba su viejo antecesor amo.
Sus relinchos llamaban al orden; la niña se sentía segura y cuidada por ese animal, uno de sus referentes elegidos para aprender el alcance de la fidelidad.
Transcurrió el tiempo. “La Cola Blanca” envejeció. La sentía tan suya que la hacía eterna. Tan noble se mostraba que, sola se acercaba para montarle el recado, frenos y pelegos.
Entre el ir y venir por los campos mirando las sierras; había llegado una hora final.
Un día que la yegua se acercó sola a la casa, relinchando, avisó de su presencia. Gracia salió a su encuentro. Venía a decirle que Cambrita se había sumado a las estrellas.
Los meses se sucedieron. Los paseos en la libertad del aire puro, charcos y cañadas; piedras,malezas, flores silvestres y suspiros de bienestar, fueron un tiempo más de imborrable deleite y apego para las dos. 
Una tarde la sorpresa la dejó "hipnotizada". La yegua tendida en el pasto, con su lustroso pelaje negro, posicionando su cabeza y mirada hacia la casa de la pequeña y hacia dónde había vivido Cambrita, cerraba sus ojos para siempre. Ese día había estado precedido de una noche de verano con platinado cielo.
La tristeza fue inevitable.
Acababa de perder a su gran amiga; fiel de todas las horas.
Con ella aprendió que los alambrados pueden cruzarse; mirar el cielo, construir perspectivas seguras. El horizonte lleva al encuentro consigo mismo. Se viaja al propio ser.
La memoria hace vivos aquellos seres que nos hablan de amor y libertad.



















lunes, 2 de noviembre de 2015

MUJER

Del cielo una flor,
una estrella conjuga
tu perfume con amor
los caminos al andar.

Como rayo de sol,
entibias el fulgor de ser.
Una palabra, una semilla,
reavivas la llama del vivir.


Tu presencia es un presente
constante del devenir,
limpio en un mar viajero;
de Atenas a Roma,
Del Coliseo al Escorial.

Mujer; flor de día y de noche.
Afrodita del conocer.
Exquisitez de la profundidad,
luz del alma humana.

Dadora de vida.
Intérprete de la sin razón.
Sostén de la inclemencia,
equilibrio en la desazón.

Pureza blanca entre lienzos
dar. 
Pasión capullo de rosa,
pétalos, tu aroma.

Infinito misterio en tus venas,
cruzas puentes,
descubres miradas.
Abres las entrañas,
hasta el llanto nacer.

Del cielo una flor.
De la tierra, tu mujer.
Cimiento eterno 
desvistiendo ataduras,
hasta  penetrar en las rocas
que el camino te ha cruzado.

Cantas la libertad.
Hoy la noche se ha hecho día,
y el mañana ya es hoy.
Cruzas vientos,
te atreves; como nunca,
te atreves.
cantas la libertad.